“Soy enemigo abierto del teatro como mera enajenación”, Carlos Marquerie

Date : 24 December, 2016

Carlos Marquerie, Entre luces y Sombras: libertad, Teatre el Musical

Entrevistamos a Carlos Marquerie, iluminador y director teatral, a su paso por el TEM con “Entre las luces y las sombras, libertad”.

Encontramos a Carlos Marquerie (Madrid, 1954) caminando sobre el escenario del Teatre El Musical del Cabanyal, dando instrucciones a los técnicos sobre el montaje de luces de ‘Entre las luces y las sombras, libertad’. En este instante, el corazón de su obra está en plena gestación. Y ese es un proceso delicado. “¿Cómo lo lleváis? ¿Os puedo ayudar?”, dice con voz pausada y paso lento supervisando cada centímetro de la parrilla de tramoya, consciente de la enorme complejidad del espectáculo. Estamos a 24 horas de descubrir que la luz, para Marquerie, es un personaje. Y está vivo.

“Esta obra es un encargo para un ciclo sobre la bailarina Loïe Fuller, organizado por la Casa Encendida de Madrid. Fue una bailarina muy famosa que además de bailar con unos faldones muy grandes, investigó mucho sobre la luz. La idea de partida de esta obra era generar reflejos. Una idea tan sencilla como utilizar trajes de espejos. A partir de ahí empezamos a trabajar y fuimos al contrario, empezamos a pensar cuál era el contenido y de dónde viene. Entonces surgió la metáfora en base a Pier Paolo Passolini, que tiene un pasaje muy hermoso sobre las luciérnagas naturales que están en extinción. En él cuenta que durante la guerra, sale una noche al campo con los amigos y se asusta al ver los enormes cañones de luz antiaérea. Y sin embargo, cuando se va al monte, encuentran en la oscuridad las pequeñas luciérnagas. Ese fue el corpus teórico”, cuenta.

Carlos Marquerie, Entre luces y Sombras: libertad, Teatre el Musical
Este “entretejido de ideas, pensamientos, imágenes, textos, acciones, convivencia”, dio lugar a una obra basada en una metáfora: Vivimos en la era del relumbrón. Donde se nos alumbra todo para que no veamos nada.

“Justo. Es tan simple como que si te pega un fogonazo de luz, no ves. Las apariencias y los grandes medios de comunicación, los grandes fastos y todas las grandes luces nos constriñen. Quizá entre las sombras, en los resquicios, en los pequeños rincones, es donde ejercemos de alguna forma la libertad”, cuenta.

“Berlín me gusta mucho porque es una ciudad oscura. Puedes poner todas las luces que quieras y son luces hechas con dinero robado y se nos vende que la luz es la seguridad cuando no es así. Incluso en el teatro, la tecnología de la escena es tremenda. Puedes hacer unas cosas con luz que te apabullan. Pero ¿qué hay detrás? Es muy bonito, pero ¿para qué sirve tanta luz si lo que estás iluminando no tiene contacto con la sociedad, con la vida real o el pensamiento, con lo que quieres contar?”, reflexiona.

Carlos Marquerie, Entre luces y Sombras: libertad, Teatre el MusicalMarquerie utiliza un lenguaje preñado de imágenes, lleno de ejemplos de su búsqueda en las sombras. “Frente al mundo del espectáculo, de la espectacularización de la política, de las noticias, el capital humano que tiene un teatro nunca sale reflejado en los grandes fastos de la comunicación y hay que inventar cómo contar y comunicar. Las sombras también son muy bonitas de contar. Puedes hacer un concierto en un estadio con mogollón de altavoces, pero encuentra a un buen cantante que te lo cante al oído. Que te haga los silencios sutiles, las cadencias… En toda la historia hemos estado buscando los espacios donde se produce la vida”.

Sus frases comienzan siempre hablando bajito, a media voz, como entrando en escena, para ir subiendo el tono hasta llegar al suyo. Artista plástico, iluminador, autor y director teatral, Marquerie lleva trabajando en las artes escénicas desde 1972. Su formación inicial tuvo lugar junto al escultor de marionetas Francisco Peralta, uno de los mejores titiriteros de España. En 1977 creó la primera compañía, La Tartana Teatro.

Cofundador del Teatro Pradillo de Madrid en 1990, lo dejó en el 1996 tras ser su director artístico durante cinco años. “Lo volví a reabrir. Lo volví a dejar… he dirigido festivales… He estado siempre entre la gestión y la creación”, cuenta. Con su compañía actual, la Compañía Lucas Cranach, lleva desde 1996 recorriendo los teatros y defendiendo una máxima: la libertad y el respeto por el espectador.

Una escena con cinco personas desnudas que interactúan bajo mantos de luces en una pasarela. A escasos 3 metros, un reducido grupo de espectadores presencia la obra, interpretada por actores que superan la cincuentena. Todos juntos latiendo en el escenario, telón de acero abajo, con el oscuro patio de butacas yermo y en silencio. Escuchar respirar a los actores, verles sudar. Incluso temblar. El teatro de Marquerie es una experiencia personal y colectiva.

“Mis obras son más íntimas, de uno a uno, por eso me gusta que estén próximos. Que lo vean todo. Los fluidos, las babas, todo”.

“Pienso muchísimo en el espectador y en cómo le cuento las cosas, pero no tengo en cuenta al conjunto, al público. Mis obras son más íntimas, de uno a uno, por eso me gusta que estén próximos. Que lo vean todo. Los fluidos, las babas, todo. Esas cosas, de una belleza tremenda, desagradables pero de gran sensualidad, a decenas de metros no se ven. Y con 600 espectadores eso no lo puedes hacer. No es que yo rechace la cuestión colectiva, asistir a un teatro es un acto político, de convivencia y de estar en común, de unir, sea cual sea el contenido de la obra y cada vez más. Sino que me parece muy importante que la imagen no decida qué es lo que tiene que ver el público en la butaca. Yo propongo imágenes que el público lee de manera independiente. Es lo que te da el estar muy próximo, muy cerca, que no es lo mismo lo que está viendo uno u otro. No son imágenes compuestas, sino imágenes-acción”, relata.

Pero apostar esta libertad creativa no sale gratis. “Esta es una obra muy cuidada, que se estrenó en 2014 la Casa Encendida, se hizo una temporada en el Teatro Pradillo y ahora esta función. El precio a pagar es que hay muy pocos teatros que acepten cerrar el patio de butacas y reducir el aforo para que haya otro tipo de percepción. Lo que se busca no es hacer una exclusión de público pero sí garantizar una determinada percepción. Al estar la gente pegada, la obra es muy delicada de construir”. Tanto, que Marquerie ha incluido en el texto de la obra pasajes de su propio diario. Con nombres, fechas y lugares.

Un diario que recoge lo que han visto sus ojos en 44 años de profesión. “Cuando se abrió el Teatro Pradillo en 1989-1990, era complicado programar teatro y danza contemporáneas no convencionales. Fue un momento maravilloso porque la gente que tiene ahora 50 años estaba volviendo después de años de formación en el extranjero y la vuelta de esa generación educada en la democracia fue maravillosa. Se produjo un cambio, pero eran una minoría. Ahora vienes por ejemplo a Valencia y tienes montón de gente haciendo artes escénicas con un compromiso muy serio y una calidad, un talento, enormes y puedes hacer una programación maravillosa sin quebrarte la cabeza. Tienes casi que apañártelas para meter todo lo que hay. En los últimos años hay mucho más diálogo, una relación muy profunda entre todo el mundo y hay un abanico muy amplio de propuestas”.

Carlos Marquerie, Entre luces y Sombras: libertad, Teatre el Musical

Creativo, intuitivo y sensible, Marquerie ha participado en numerosas charlas sobre innovación teatral. Una carrera en lucha constante por mejorar. “Más que por el hecho de hacer algo nuevo o diferente, para que esté relacionado con la sociedad, que está en continua transformación. La innovación en sí no es un valor, lo que sí es muy importante es el compromiso político y social para dar respuestas con las posibilidades del lenguaje al pensamiento y a lo que sucede hoy en día”, precisa.

“Mi teatro no es narrativo pero hay una corriente maravillosa sobre teatro documental. Hay una obra por ejemplo que lleva años trabajando sobre la violencia de México, el narcotráfico, su vinculación con el poder… Una obra muy pequeñita, donde incluso se habla sobre el asesinato de un periodista y una coreógrafa en DF. Hubo un momento en que dejamos de hacer la obra porque se señalan con palabras, con nombres y apellidos a todas las personas vinculadas con el movimiento de la violencia desde la política. Y lo dejamos por prudencia. De repente, al cabo de un tiempo, la han vuelto a hacer y está haciendo gira por Europa. Desde ese punto de vista se narran las cosas, desde un punto de vista aséptico, documental y al mismo tiempo es sumamente innovador y en ningún momento es una obra con una trama, con un desenlace, con una acción sino la muestra en desnudez absoluta de los hechos. Eso es innovación, pero también lo es todo lo que hace Rodrigo García, por ejemplo, con su forma de cuestionar continuamente la sociedad. O Angélica Lidel que pone en un debate moral a la sociedad cuando defiende en escena a un violador. Por supuesto ella no defiende a los violadores, pero pone en un debate moral al espectador, te obliga a tomar una posición y a tomar una decisión”, cuenta.

“La innovación en sí no es un valor, lo que sí es muy importante es el compromiso político y social para dar respuestas”.

Escenario del teatro. Silencio. Penumbra. Un actor levanta del suelo una enorme y pesada falda compuesta por minúsculos espejitos cuadrados y se viste con ella. Silencio. Craqueteo de espejitos chocando entre sí. Zumbido de focos. El actor toma una chaqueta, compuesta por el mismo tapiz de milimétricos espejos y se la pone. La penumbra se aclara levemente sobre él mientras gira haciendo bailar la falda y llenando el espacio de miles de pequeñas luciérnagas eléctricas en movimiento. La belleza, en Marquerie, no es casualidad.

Carlos Marquerie, Entre luces y Sombras: libertad, Teatre el Musical

“Soy un gran defensor de la belleza. Solo viajo por trabajo o para ver pintura. No me mueve nada más. La belleza me activa, me canaliza un montón de cosas: emociones, reflexiones, pensamientos… La belleza organiza mi vida, pero la belleza en sí no tiene sentido. Soy absolutamente enemigo de la manipulación de la belleza por la enajenación. De la cultura del entretenimiento. No necesito que me entretengan, ni yo ni nadie. Ya se nos distrae de muchas maneras, lo que hay que hacer es profundizar en muchas cosas”, critica.

“Mira, una vez había quedado en la puerta de la Fundación March para comer y llegué antes de tiempo, así que entré a ver la exposición. Así, por casualidad. Era una exposición sobre las colecciones cubistas en la Europa del Este y de repente, me puse a ver un cuadro de Picasso, de la parte del cubismo que menos me interesa. Y me puse a llorar, sin saber por qué. En ese cuadro había una relación entre los colores, entre la materia y lo que estaba expresado que me produjo una emoción incontrolable. Pienso que ese cuadro me cambió. No significa que desde ese día naciera otro hombre, pero ese cuadro me marcó. Hubo una modificación en mí que viene conmigo a todas partes. Y que no entiendo. Por eso pienso que muchas emociones vienen de una percepción diferente de la vida.

Hay veces que las emociones te vienen y no sabes de dónde. La estética es fundamental. Porque es aquello que moldea el pensamiento y le da forma y a veces la estética sucia también tiene sentido”, explica.

“Los sitios oscuros que te permiten fantasear, soñar, tener pasiones, tener deseos… como iluminador me gusta ser constructor de sombras”.

Su herramienta para construir belleza es la luz. “Me gano la vida como iluminador pero me siento más a gusto en las obras con las que empleas muy poquitos focos y con esa penumbra eres capaz de transmitir aquello que la obra está proponiendo. La luz que oculta. Los sitios oscuros que te permiten fantasear, soñar, tener pasiones, tener deseos… como iluminador me gusta ser constructor de sombras. Cuando voy a iluminar una obra siempre me pregunto ¿qué es aquello que no se debe ver? ¿Qué es aquello que tienes que percibir pero no tienes que ver definido porque no tiene interés que se vea definido? Eso tiene que permanecer en la penumbra”, detalla.

Carlos Marquerie, Entre luces y Sombras: libertad, Teatre el Musical

¿Qué pide Marquerie a un espectador de teatro?

“Lo único que pediría siempre es que se sintiera libre. Y que viniera tranquilo y concentrado. A veces voy al teatro y digo: “¡Vaya mierda! Esa obra no me gusta nada”. Y la he vuelto a ver y he dicho, jolín… perdón. El espectador tiene que ir con libertad y con la sensibilidad abierta, a ver qué es lo que desde la escena podemos proponer. Cuando era joven siempre hacía la primera escena para relajar a todos esos que llegan corriendo, con prisa, que si la chaqueta… un poco de tranquilidad, de bajar el ritmo. Y era una escena muy lenta. Ahora ya no. Ahora justo es al revés. Ahora es una escena muy enérgica y luego la obra coge un tempo muy tranquilo, como muy de swing”.

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